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Labranda

Publicado en poesía, reseña el 16 Febrero 2009 por andanzasyrepasos

roger-santivanez1

Camotal

Adolescente en jumper salida

Del tren de las seis a Lima

Hermosura difícil de alcanzar

Siempre al borde de la mar azul


Nunca le des la espalda fue el

Consejo mil años después en Yacila

Entre cholos bolicheras & el alisio

Que a Alicia dejó senos al aire


Memorias chiquitas de las playas

Donde Madre me mimaba con

Azul fulgor de nueva ropa’e baño

Volver a su Callao deseo eterno


Vivir en la mar sabrosura de

Pintura más refresca & pactada

En la nada de un poema & en

La rada en que fallece la gaviota

En Labranda (Lima: asaltoalcielo/Hipocampo, 2008 ) Roger Santiváñez escribe sobre la belleza que está dentro y fuera de la mente: “Belleza difícil mundo divino & misterioso/ Dentro & fuera de la mente & El Tiempo”. Ahí están cifrados dos temas del libro: el espacio y el tiempo. Espacio del tiempo en el recuerdo, presencia del espacio de la experiencia en el paso del tiempo. Movimiento entre tiempos y espacios, el adentro y el afuera, el momento y la memoria que de él queda. La estructura misma del libro revela un tipo de arquitectura ya señalada por Kozer. Sin embargo, creo que es una extraña arquitectura: el libro abre con un hall, espacio que nos da acceso al interior de la casa o a las habitaciones; espacios dentro de espacios. Pero en Labranda el hall es seguido de las cuatro estaciones; o sea, el movimiento es hacia fuera, hacia el mundo natural, o hacia el jardín, a lo que queda o puede quedar al otro lado de la casa. Labranda es ya una referencia a un espacio sagrado dedicado a Zeus. Si pensamos en las ruinas de un templo, el hall sería el umbral hacia el espacio abierto que las ruinas enmarcan.

Esta conexión con el pasado mítico de la antigua Grecia aparece en el libro intermitentemente. Esta intermitencia temporal contrapuntea entre un espacio de la imaginación, el pasado mítico, y la experiencia personal. O sea, el espacio mítico, la imaginación y el espacio personal se tocan no solamente en el poema sino también en otros posibles espacios de experiencias pasadas, más allá de la vida del poeta. Entonces, la presencia del poeta se presenta, me parece, no como el vértice desde donde el mundo adquiere sentido, sino como los danzantes en una pieza de Cunningham, donde ninguno de ellos es centro y su orientación no está dirigida al público exclusivamente. En Labranda el sujeto de la experiencia sí es un punto nodal, sin embargo también lo pueden ser otros elementos.

Pero Santiváñez no trata solamente de la presencia de las memorias o recuerdos, sino de su desaparición, de su desvanecimiento en el desierto del olvido; o, volviendo al título del libro: su destrucción a manos del tiempo y la intemperie: “Inexistente sería una ola y su espuma/ Salobre solitaria sobre nada sin memoria”. Hay por lo tanto una densidad melancólica en estos poemas, densidad formada por el lenguaje que intenta disminuir el paso del tiempo. La densidad de las palabras, la ausencia de adjetivos y conjunciones, funciona a la vez como condensación de significado y como explosión visual. Hay dos tradiciones reconocibles en el uso del lenguaje, una iría al barroco y al neo-barroco; la otra iría a Pound (y esto queda señalado en el último poema del libro), pero más concretamente a la relación de Pound con la poesía china. Esto es reconocible no sólo por la yuxtaposición de palabras para crear la imagen sino por el ritmo sincopado y complejo de los poemas.