Si mal no recuerdo, en su tratado sobre la armonía Pound aventura una idea sobre las relaciones de los sonidos en el tiempo. Es algo así como, toda relación sonora puede ser armónica si se encuentra el intervalo adecuado entre los sonidos. Es precisamente la relación entre los sonidos parte de lo que me atrae en la música moderna. Pienso en las Bagatelas de Webern. Éstas son tan cortas que al encontrarnos en la tercera o cuarta aún continúa en nuestro oído algunos timbres de la primera o segunda.
Una vez fui a un concierto de Philip Glass en Edimburgo con un amigo que en aquél momento escribía un interesante libro sobre poetas franceses del siglo XIX. Mi amigo, también músico, tiene lo que se conoce como entonación perfecta; es decir, podía reconocer cualquier tono sin tener que relacionarlo a otros. La noche del concierto llegamos temprano intrigados por el compositor que iba a presentarse antes de Glass: Susumu Yokota, un compositor japonés de música electrónica. Yokota, para el disgusto de mi compañero, presentó unas series de sonidos base sobre los cuales colocó sonidos concretos independientes. Sobre una repetición electrónica de micro-tonos Yokota sostenía toda una variedad de sonidos cotidianos desde pájaros hasta automóviles, sin dejar de lado un par de maracas y un pandero que tenía junto a su Mac. Yo estaba atento, en tensa espera por el siguiente sonido: ¿qué irá a hacer ahora? ¿Qué irá a colocar junto al sonido de un telégrafo? Y las combinaciones que proponía me llenaban de felicidad. Desafortunadamente, no puedo decir lo mismo de mi amigo quien agitaba sus piernas ansiosamente en espera del final. No todo el mundo puede con este tipo de música… aunque tampoco le gustó mucho Glass.
Años después, en Boston, fui a un “concierto” del compositor norteamericano Jed Speare, en el estudio de la comunidad artística Möbius en el sur de Boston. Speare nació en esa ciudad en ‘54, y estudió música en Filadelfia, British Columbia y Boston. En 1982 el Smithsonian Folkways Records presenta su Cable Car Soundscapes. Speare grabó los sonidos de los tranvías eléctricos de San Francisco. Primero descompone los sonidos del tranvía en sus distintos elementos: rieles, campana, las voces de conductores y pasajeros, los sonidos del metal. Y después realiza una mezcla entre los distintos grupos. El resultado es impresionante. Hay en el título una palabra clave: soundscapes: paisajes sonoros. No puedo dejar de recordar el complejo y fascinante concepto de Hopkins: inscape.
Cuando fuimos por primera vez al estudio Möbius yo no conocía el trabajo de Speare. Al llegar al espacio los instrumentos y los objetos sonoros estaban ya dispuestos en una espiral. De inmediato la gran variedad de objetos me llamó la atención, desde palos de lluvia de distintos tamaños hasta tornamesas, sintetizadotes y un par de theremins. Y Speare de pie al centro de todo esto. Después de una pequeña explicación general sobre su trabajo, sonrió tímidamente y se alejó a una esquina a tomar cargo de la consola principal.
Lo primero que interpretaron y de lo que más me acuerdo fue At the falls. Ciertamente, una cascada. Me es muy difícil de explicar la sensación espacial que creó esta composición. Como una tormenta, comenzamos a escuchar sonidos: a lo lejos un trueno y por aquí cerca las primeras gotas de la lluvia. Poco a poco y fractalmente el sonido se iba multiplicando aquí allá cerca lejos arriba abajo a los lados… En un momento estábamos inmersos en un caos de sonidos; pero caos en el sentido que S. Pániker da al término: orden complejo, creativo. En un momento, la sensación corporal llegó al extremo y me sentí rodeado por las ondas sonoras emitidas de todos los instrumentos, personas y objetos en el estudio. Estábamos de pie, al extremo más abierto de la espiral. Cerré los ojos y los sonidos estaban por doquier, mi cerebro vuelto una cámara vacía repetía en pequeño lo que ocurría afuera; tal vez, afuera del estudio la ciudad estaba repitiendo lo que estaba ocurriendo dentro del estudio y así sucesivamente. La relación entre los sonidos aparentemente arbitrarios se transformó en una experiencia de unión universal, diría cósmica. Al abrir los ojos, mi mirada brincaba de un lugar a otro tratando de recrear la trayectoria de un sonido determinado aquí, de una línea sonora allá. Pero después de un momento, la separación entre la vista y el oído cesó y la experiencia dio un giro más…
Es por aquí donde entra ese recuerdo del Tratado de armonía de Pound: lo que viví ahí en el estudio Möbius fue la relación entre los sonidos que se presentaban como objetos, de los tonos y micro-tonos, de las partículas sonoras, no solamente en el tiempo sino en el espacio.
