Autobiografía de Robert Creeley
Leo la Autobiografía de Robert Creeley sentado viendo el bosque en una vieja granja, en el pequeño pueblo de Groton, en Massachusetts. No lejos de aquí, en West Acton, hay un agradable café, muy cerca de donde vivió el poeta de niño. De pequeña mi esposa iba todas las navidades a Grover Cronin’s, acompañada de su abuela, a visitar a santa clos y comprar regalos; la misma tienda donde Creeley compraba sus uniformes escolares. Watertown, Waltham, Concord… Tengo la sospecha que para cualquier lector novo inglés de la Autobiografía estos detalles no son nada destacables, pues forman parte de la vida diaria de las personas de la zona circundante a la ciudad de Boston. Pero el hecho de personalmente conocer estos sitos a los que él hace mención desdobla el texto para mí: es tanto un descubrimiento como un reconocimiento. Y aunque los lugares no siguen siendo iguales a cómo él los describe, hay sin embargo algo indestructible que hace que este lugar sea lo que es, y que ayuda un poco más a comprender la realidad personal de Creeley.
La Autobiografía es un ensayo: busca, explora, se expande hacia los lugares vividos en la infancia y la juventud, se contrae interiormente tratando de cristalizar un recuerdo. En varios momentos Creeley señala que no tiene una memoria definida y cronológica de su vida, sino imágenes de algunos lugares y sucesos: el cuerpo de su padre, médico, siendo llevado al hospital entre la nieve; patinando en invierno, nadando en el verano, en el río, cerca de su casa de West Acton; el sonido de la noche en Nuevo México; las manos de los granjeros. El libro busca dar forma no tanto a esos recuerdos sino a la relación que yace entre todos ellos.
En el momento del accidente, la hija de Creeley queda sepultada bajo la arena. No entendemos bien a bien qué fue lo que pasó. Vemos al poeta de rodillas, cavando desesperadamente en su búsqueda. La escena es desoladora. ¿Por qué la comparte el poeta con nosotros?… Ella es la honesta expresión del interior del poeta, lo que compone su interior. Este accidente forma parte de su pasado, parte de lo que le ha dado forma a la persona que a finales de los años ochenta está escribiendo un breve ensayo autobiográfico. Incluir esa escena de su vida parece más que una necesidad; pero también es un homenaje a la hija muerta. Como lector la escena es conmovedora en un doble sentido: por un lado lo que ocurrió; por el otro, el sufrimiento del poeta. Creeley confiesa que el dolor de esa pérdida es tan grande que no podía aún recordar nada específico a cerca de ese acontecimiento.
Al principio del libro Creeley menciona el momento en que se dio cuenta de lo vulnerable que son las personas. El hecho parecería trivial, él era un joven inteligente y un lector ávido, y se dio cuenta de que podía apantallar a su nana con cifras y frases escolares. Pero en vez de que esto le hubiera dado una sensación de poder, Creeley siente la fragilidad del ser humano. No me parece raro que más adelante no tuviera en mucha estima la educación recibida en la universidad de Harvard, y eso que entre sus profesores se encontraban Werner Jaeger y Harry Levin. Lo que sacó de Harvard fueron sus amigos, de quienes parece aprendió más que de sus maestros y con quienes mantuvo una amistad que duró toda la vida.
La Autobiografía es una reflexión, por momentos abierta al lector, otros parece ser una expresión íntima y personal sin más lector que el propio poeta, sobre lo que él llama “desplazamiento”. Este se refiere al desplazamiento de la existencia; es decir, a no vivir totalmente en el lugar y tiempo presentes sino un poco en el recuerdo, un poco en el porvenir, en el deseo y la ansiedad: estar desplazado del aquí y el ahora. Esta idea queda formulada como una pregunta, no como teoría. Una pregunta trágica, llegada demasiado tarde: “Si alguna vez uno en verdad ha presenciado a otro ser humano completamente en casa, presente en su totalidad, es inolvidable”. Si bien la traducción me parece no del todo lograda, sí llega a sugerirnos, sin embargo, la forma de los sentimientos y el pensamiento de Creeley.
La forma como cierra el libro indica un momento de contemplación y posibilidad de revisión del pasado: lo vemos sentado mirando desde una ventana en Finlandia. La revisión que Creeley lleva acabo no es un análisis exhaustivo de lo vivido hasta el momento, sino un recorrido, una caminata por los lugares que había pasado, señalando algunos con mayor énfasis que otros, deteniendo el paso más en algunas calles, frente algunas casas, algunos árboles, y pasando de largo frente a otros que imaginamos pudiesen tener una importancia similar pero que este no es su momento ni su lugar adecuados. Lo que intenta aquí no es abarcar una totalidad, sino señalizar algunos puntos luminosos del recorrido; recorrido que no es circular, ya que como él mismo dice: no hay regreso. Lo que puede haber es proximidad o distancia, pero ya no se puede estar en el ahí del pasado. Creeley necesitó una distancia física-espacial para escribir este libro (Finlandia), sin embargo con él y en él logra una proximidad íntima consigo mismo.

14 Julio 2008 a 5:11 pm
Saludos, Antonio,
Iván me avisó sobre tu nota, gracias por la atención al librito que hicimos en compañía
Y dónde andas, en el este?
Saludos, desde Califiornia,
Hugo