Hace un par de meses le escribí a una amiga en Buenos Aires: “fíjate que acabo de ver que la Universidad Nacional del Litoral publicó una segunda edición de las obras completas de Juan L. Ortiz”. Mi correo continuaba solicitando el gran favor de que aceptara que yo le mandara el dinero para la compra y el envío del libro a México. Mi amiga accedió cordialmente pero no quiso aceptar mi dinero. Ella y su esposo me mandaron el libro de regalo, y no solamente eso, junto con él venían dos panfletos, un ensayo de Giorgio Agamben y un texto de Liliana Bodoc, autora para mí desconocida. El libro de Juanele es un agraciado tabique, caja de resonancia espiritual en espera de ser pacientemente leído. Lo tengo ahora en mi buró y robo cinco minutos aquí y allá para adentrarme en el prólogo de Juan José Saer ya que en estos días no tendré el tiempo corrido que dedicarle. Tal falta de tiempo ha creado una gran anticipación de su lectura. Ya desde que me habían avisado del arribo de un grueso paquete proveniente de Buenos Aires a mi dirección en la Ciudad de México mientras yo me encontraba dando clases en Xalapa, mi mente revoloteaba alrededor de sus cubiertas, de sus páginas y los poemas que ahí están esperando; mis sentidos se imaginaban el peso, la textura, el color, el olor del papel.
En nota aparte, el ensayo de Agamben, aunque no lo he leído aún, viene muy a propósito, o por lo menos eso parece, pues su título es “La amistad”. La amistad amable de Pati y Ariel quienes me han ayudado a conseguir materiales sobre poesía argentina en el pasado, unos ensayos sobre Edgar Bayley por ejemplo, y que ahora demuestran con esta petición transformada en regalo. Pero amistad también dentro del mismo libro de Juanele, ya que tanto los agradecimientos como el índice arrojan luz sobre los amigos del poeta que contribuyeron a formar el libro. La comunidad de amigos próximos al poeta entregan al mundo exterior un objeto de alto valor poético, pero también existencial ya que es por la manera en la que vivieron estas personas que el libro adquirió la forma que ahora descansa a mi lado.
Tengo sentimientos ambiguos relacionados a leer las obras de un autor publicadas en una edición de “obras completas”. Como Blanchot, pienso que la reunión del trabajo de un autor en una sola edición dedicada a sus obras completas transforma seriamente nuestra experiencia de lectura. Cada volumen, sobre todo cuando se trata de libros de poemas que tienden a ser leíbles en una sentada, nos ofrece un objeto particular con el cual establecemos nuestra experiencia como lectores; algo que no es tan fácil de hacer con un volumen o volúmenes de obras completas. Por otro lado, poder conocer en un solo volumen la producción total de un autor o autora rinde una experiencia de otra índole; ésta para mí tiende a ir más hacia el conocimiento desde una perspectiva intelectual. La lectura de las obras completas es adentrarse en la memoria total del espíritu del autor, el libro de poemas es una experiencia del momento de lectura, vértice donde autor y lector se encuentran.
Ojeo el libro, robo unas frases, unos versos: “Sí, paz amarilla, y seca allá en la lejanía”.
Sí, paz próxima, paciente…
