Xalapa
Como en gran parte de la ciudades coloniales de México, en Xalapa las líneas de la arquitectura colonial quedan truncadas por construcciones del siglo veinte que nada tienen que ver con lo que las rodea, ni con la topografía, ni con el espíritu del lugar. El ansia de modernización llevó en los años 40s y 50s a substituir espacios coloniales por edificios supuestamente funcionales basados en una geometría modernista mal entendida y poco o nada asimilada. Por supuesto, esto no ocurre en todos lo casos, la arquitectura moderna en México tuvo importantísimos exponentes; pero esto es punto aparte. De lo que se trata aquí es de las construcciones que intentaron reproducir las formas propuestas por la arquitectura moderna sin entender el fondo de donde provenía ésta ni la razón de ser de los nuevos espacios urbanos. Una causa de esto parece ser la búsqueda, casi militante, por la funcionalidad con el detrimento de otros valores de la arquitectura como aquellos relacionados con la formación de un espacio donde los hombres y las mujeres conviven con el medio que los rodea. Como en otros aspectos de la cultura mexicana, son los ciudadanos los últimos en ser tomados en cuenta.
Este problema de la arquitectura “funcional”, mejor llamémosle “práctica”, ha tenido un impacto directo en la estructura de las casas habitación a lo largo y ancho del país. Solamente hace falta ver fotografías de algún pueblo o ciudad antes de 1940 para ver cómo era en realidad la arquitectura de las casas habitación tradicionales. O sea, la arquitectura que había nacido de las necesidades y la experiencia de las personas que habitan una área geográfica en particular. Después de los cuarentas esto cambia. Y tal cambio se ha mantenido constante desde entonces. De las arquitecturas tradicionales hemos pasado a unos cubos de concreto que pretenden ser prácticos pero que en realidad no hacen más que suplir una demanda de casas habitación de la manera más mísera posible. Estas casas habitación son poco más que cajas de zapatos de concreto que, bajo el riesgo de irresponsable, diría que llevan a sus ocupantes a una segura depresión. Esto anterior no tiene que ver con la pobreza o riqueza de la construcción, sino con la imposición de un modelo arquitectónico que no considera nada más allá de lo práctico.
Para ilustrar esto tomemos un ejemplo concreto: las ventanas. Comparemos las ventanas de una casa estilo colonial con aquellas que encontramos en la mayoría de estos cubos de concreto. En las casas coloniales una de la funciones de las ventanas es la participación del espacio interno de la casa con el espacio externo de la calle; lo social y lo privado interactuando armónicamente. El marco de estas ventanas es vertical, lo que sugiere una correspondencia con la figura humana. A través de estas ventanas verticales se puede ver la figura completa de un hombre. La verticalidad y la altura de estas ventanas, así como la distancia entre la calle y el marco de la ventana, crean un ambiente abierto, compartido. Lo que divide al interior privado de la casa del exterior público de la calle es el umbral, símbolo de separación entre dos espacios, más también símbolo de unión. De unión no solamente con la calle sino por extensión con la topografía y la flora de del lugar. La arquitectura colonial juega con la topografía, pensemos en los escalones que llevan a las puertas en las calles del centro de la ciudad de Xalapa. En contraste, en la construcción moderna de casas habitación se utiliza un formato donde las ventanas son pequeñas en comparación, y por lo general su marco es horizontal en vez de vertical, lo que las separa totalmente del suelo. Estas ventanas dan la impresión de ser ajenas a la calle; o sea, son separaciones entre los dos espacios. En este tipo de construcciones los ocupantes dejan el mundo externo afuera. La débil relación que se puede establecer con la calle es desde un resguardo, un tipo de parapeto que mantiene los espacios debidamente deslindados. Los ocupantes rompen psicológica y emocionalmente con el afuera de sus casas. Esto demarca una interesante similitud con la relación que se mantiene en México entre el Estado y los individuos. Para terminar con esto, enfatizo que no tiene esto que ver con el nivel económico de los ocupantes de estos cubos de concreto, pues no son los materiales sino la forma de las casas lo que crea esta situación.
Es claro que existen razones psicológicas, políticas, sociológicas, y sobre todo históricas para este tipo de arquitectura práctica; y para la sustitución de los edificios coloniales por otro tipo de estructuras que demarquen una intención no solamente arquitectónica sino política. El México moderno, civilizado, post-revolucionario, y todo eso. Pero el resultado afecta de manera directa la salud psíquica y emocional, y por lo tanto física, de los ocupantes de estas casas-cubo y de las ciudades. La intención aquí no es la de argumentar una aversión por los cambios sino tratar de entender porque siendo los mexicanos tan preocupados por nuestra historia y nuestra identidad no tomamos en cuenta nuestras ciudades. Esto no sólo aplica al estado y los gobernantes que toman decisiones que afectan a los ciudadanos, sino también a los ciudadanos particulares en relación con las casas que construyen y habitan.
Un ejemplo es lo que ha ocurrido con la “remodelación” (si la podemos llamar así) del callejón González Aparicio en el pleno centro histórico de la ciudad de Xalapa. Este callejón lleno de personalidad y atmósfera, empedrado, con cafés, bares, restaurantes y una que otra casa abandonada era uno de los lugares más interesantes y bellos de la ciudad. Digo “era” puesto que, de acuerdo a una chica que trabaja en uno de los restaurantes del callejón, la dueña (de las casas que no de la calle que es pública) decidió remodelar todo el callejón. El empedrado antiguo fue sustituido por simétricos cuadros de concreto que fueron insensiblemente colocados sobre las piedras, se creo una división entre los espacios frente a cada uno de los establecimientos con unos pequeños barandales -reduciendo así el espacio peatonal, el espacio público-, y lo que es peor se colocaron unos ejes metálicos triangulares sobre todo lo largo del callejón lo que apunta a que se colocaran un techo a lo largo del callejón-, y ya sin llamar mucho la atención a cómo quedaron pintados los edificios que es lo de menos. Y para cerrar, “la dueña” ha decidido cambiar el nombre al callejón, de González Aparicio a Nuevo callejón la perla o algo así. La belleza de este callejón está ya totalmente perdida. De su originalidad no queda más que el recuerdo. Lo que ahora tenemos es una versión xalapeña de uno de esos “mexican pueblo” que podemos encontrar en Disneylandia. Lo que “la dueña” (que no se quien sea pero su ignorancia es estremecedora) ha hecho es un ejemplo más de una arbitraria e innecesaria remodelación, de una pseudo-modernización que afecta ya la realidad del centro histórico de la ciudad. Esta atrocidad es un ejemplo claro de cómo personas sin ningún juicio afectan impunemente el el espacio público de nuestras ciudades.
Las preguntas alrededor de este caso en particular son muchas, ¿quién dio el permiso de construcción?, ¿por qué no se consultó a los vecinos?, ¿por qué los vecinos no reclaman?, ¿dónde quedó el INAH? Si bien la dueña de los edificios está en su derecho de remodelarlos a su gusto no veo cómo puede ser legal que transforme tan radicalmente un callejón público de esta manera tan contundentemente irreversible. Lástima, es una lástima, ahora esto ya está hecho y aunque se reclame no se podrá recuperar lo perdido.
Para terminar, el caso del callejón González Aparicio es una pieza más en lo que parece ser un patrón esquizofrénico de comportamiento en nuestro país, donde por un lado se habla a gritos del amor a la patria y por el otro se implementa un modelo totalmente ajeno a la realidad del lugar que inevitablemente destruye el pasado que en buena parte nos da esa misma exaltada identidad.
PD Un artículo importante sobre la ilegal remodelación del callejón: www.alcalorpolitico.com/notas/notas.php?nota=080402callejonol.htm